viernes, 26 de mayo de 2017

Las lágrimas de Bangassou. ( Autor: Gaetan)


Encontrar un rincón de la República Centroafricana dónde se respira paz fuera de la capital es casi un milagro. Dónde no hay enfrentamientos sangrientos, hay desplazados de larga duración u otro tipo de inseguridad que impide a los habitantes vivir tranquilamente y ocuparse de sus familias. Desgraciadamente, parece que la realidad de los grupos armados se ha convertido en una lacra sobre todo el territorio poniendo en jaque a la Comunidad Internacional y al propio gobierno nacional.
Últimamente, se habla mucho de Bangassou y con razón. La sangre se derrama en este pueblo y sus habitantes no saben quién les puede enjugar las lágrimas del dolor infligido por los grupos autodenominados autodefensas.
Esta dolorosa historia empezó con la división de los seleka. Por alguna razón, los musulmanes en torno a Nouredin Adam rompieron de los fulani (peulhs), un grupo de musulmanes nómadas, en torno a Ali Darass. Por alguna otra razón, los mismos seleka de Nouredin Adam se aliaron con sus antiguos enemigos, los célebres antibalaka. Nadie podía imaginar que esta alianza contra natura fuera a funcionar. Contra todo pronóstico, funcionó. Los peulhs se convirtieron en enemigos mortales tanto de los seleka como de los antibalaka.
Una guerra atroz estalló en la parte controlada por los seleka. Fue avanzando desde el nordeste de Centroáfrica hacia el centro, Bambari. Ali Darass perdió terreno y se vio recluido en Bambari. Para evitar un baño de sangre dentro de esta ciudad de unos 45.000 habitantes, los cascos azules (MINUSCA) le convencieron que saliera de la ciudad hacia el este. La operación fue acogida como un éxito de la MINUSCA pero, nadie se dio cuenta de que acababa de solucionar un problema en un lugar, desplazándolo a otro lugar.
Los soldados de Ali Darass se dirigieron al este de la República Centroafricana, ocupando progresivamente las ciudades que, hasta allí estaban sin presencia de grupos armados (Gambo, Bakouma, Nzacko etc.).
El comandante de los autodefensas de Bangassou.

Los jóvenes de la Basse Kotto constituidos en antibalaka cruzaron el río hasta Mbomou pasando por Mourou, Zabe, Ndambissoa, Gbolo. En el camino fueron reclutando a todos los jóvenes e iniciándoles en las prácticas místicas y paganas propias de este grupo que se declara defensor de los cristianos pero que en la práctica es una máquina de matar absolutamente pagana. Una vez organizados, atacaron Bakouma. Allí mataron a decenas de seleka peulhs pero también a los civiles musulmanes. Para estos jóvenes insurgentes, todo musulmán, armado o no, se convierte, por asociación, en un enemigo a eliminar. Se mueven en la lógica del enemigo por extensión.
Después de hacer estragos en Bakouma, se dirigieron hacia el sur con el objetivo de atacar Bangassou. Llegaron a esta ciudad de unos 30.000 habitantes el sábado 13 de mayo. Unos días antes, habían matado y mutilado a cinco cascos azules en una de sus barreras en el poblado de Yongofongo (25 km ruta Rafaï). Cuando entraron en Bangassou, fue la sorpresa general: ¿Quién podía imaginar que unos jóvenes analfabetas venidos de los pequeños pueblos, armados de fusiles de caza y vestidos de amuletos de invulnerabilidad como creen ellos, eran capaces de conquistar una ciudad tan grande como Bangassou, desafiando la MINUSCA y todas las autoridades civiles y religiosas del lugar?
Desde entonces, muchas lágrimas se derraman en Bangassou. Los musulmanes están atacados por ser quienes son sin más. Los dos imanes cayeron bajo las balas, uno de ellos al lado del obispo de Bangassou, Juan José Aguirre quien intentaba salvar vidas en medio del horror. Los muertos se cuentan en centenares y esta violencia ciega no parece acabarse. Los cascos azules están desbordados y nerviosos. Los miles de desplazados musulmanes acogidos en el obispado en unas condiciones precarias pasan el día con el miedo en el cuerpo y pasan la noche sin saber si verán el amanecer con vida. Todos sus bienes fueron saqueados y sus casas quemadas. Las escuelas están cerradas y las instituciones paralizadas. Bangassou llora.
En el mismo tiempo, otros grupos de antibalaka atacaron la ciudad de Alindao. Allí la represalia de los combatientes de Ali Darass produjo una matanza con una barbarie inimaginable. Prácticamente las dos prefecturas de Basse Kotto y Mbomou viven día a día bajo violencia. Las grandes ciudades (Bria, Alindao, Mobaye, Bangassou, Bakouma, Nzako etc.) están paralizadas por una carnicería de unos y otros. Tanto en el obispado de Alindao como en el de Bangassou se encuentran miles de desplazados necesitados de ayuda de todo tipo (alimentos, higiene, medicamentos, seguridad etc.) Hasta los hospitales no están al margen de este encarnizado furor de las bandas armadas.
¿Quién salvará el país de esta barbarie?

Los desplazados del obispado de Alindao

La MINUSCA, a pesar de tener un mandato ofensivo claro del consejo de seguridad de la ONU no parece tener ganar de afrontar los diferentes grupos armados que siembran el terror en distintos rincones del país. Además, los milicianos que ocupan Bangassou les atacan deliberadamente.
El gobierno del nuevo presidente democráticamente elegido, Touadera, no tiene ni medios ni planes claros para pacificar el territorio.  Cabe señalar que todavía el país carece del ejército y vive bajo embargo de armas. ¿Se puede pedir a un gobierno restaurar la paz sobre el territorio sin las fuerzas de seguridad?
Los antibalaka que se autodenominan autodefensas no parecen estar interesados por la paz y la cohesión nacional. Se mueven por el odio y la venganza sin ningún proyecto. Sería un error pensar que después de tantos horrores que infligen a sus ciudadanos pueden ser un motor de paz y de reconciliación. Más bien multiplicarán la violencia al infinito sin nadie les para.
La única institución que está intentando salvar a unos y otros aún arriesgando la vida es la Iglesia Católica. Los obispos de las dos diócesis, los sacerdotes, las hermanas y otros agentes pastorales están dando un testimonio heroico ante la sinrazón de las hordas de la muerte.




viernes, 19 de mayo de 2017

Huir hacia ningún lugar

(artículo publicado en el blog de El Páis, África no es un país)
Autor : Gaetan Kabasha


Cuando la guerra amenaza con llevarte por delante con toda tu familia, la única salida posible es huir hacia un lugar seguro, esperando tiempos mejores. La mayoría de los refugiados, primero, han sido desplazados en su propio país antes de cruzar la frontera hacía otro país por la crudeza de la violencia o la guerra. Pero ¿qué pasa cuando sales de un país en guerra y huyes hacia otro país en guerra?
En este momento, la provincia de Bangassou, en el este de la República Centroafricana, acoge una gran concentración de refugiados de países vecinos y desplazados del mismo país.

Los congoleños que huyeron del grupo rebelde Ejército de Resistencia del Señor (LRA), de Joseph Kony y los sursudaneses que huyeron de una cruenta guerra fratricida que amenaza con convertirse en una limpieza étnica en toda regla. Las dos categorías de refugiados se encontraron con los desplazados internos centroafricanos en la misma zona. El este de Centroáfrica, aparte de ser un ejemplo del drama que viven los países de esta la región, podría convertirse en un caso de estudio para los analistas de los movimientos forzados.



Algunas mujeres desplazadas en el obispado de Bangassou

Primero llegaron los sudaneses en su primera etapa del exilio. Allá por los años 1980, cuando la guerra estalló por segunda vez entre el ejército de Sudán y el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán (SPLA), el movimiento de los insurgentes de Sudán del Sur que reivindicaba la independencia de esa parte del país. En aquella época, más de 400.000 personas huyeron hacia los países vecinos, muchos a la República Centroafricana, donde encontraron refugio, durante casi tres décadas, en la localidad de Mboki. Allí fueron acogidos por los centroafricanos y vivían de las ayudas de la ONU.

Cuando se firmaron los acuerdos de paz entre Sudán del Norte y Sudán del Sur en 2005, la mayoría de los refugiados regresaron a su país. Cuando Sudán del Sur se convirtió en un país independiente en 2011, el mundo creía que se ponía fin a décadas de exilio de los sudaneses. Los organismos humanitarios pensaban que terminaba uno de los episodios más dramáticos de la historia reciente. Pero se equivocaron.

En 2013, estalló nuevamente la guerra, esta vez entre las dos etnias rivales, los dinka y los nuers. En 2016, la guerra llegó a tal crueldad que la comunidad internacional empezó a temer un genocidio. Entonces, muchos sudaneses volvieron a coger el camino del exilio. En la actualidad, decenas de miles de ellos viven en la localidad de Bambouti en la República Centroafricana.

Entre tanto, apareció el señor de guerra Joseph Kony en el nordeste de Congo, hacia 2005. Los guerrilleros ugandeses, huyendo del ejército nacional de Uganda, empezaron a cometer atrocidades sin nombre en esta parte del Congo. Miles de habitantes de Ango, Dungu etc. tuvieron que cruzar la frontera de la República Centroafricana hacia la localidad de Zemio buscando refugio. Desde entonces, allí acampan esperando que la situación de su país mejore.

El hecho de que los refugiados de dos nacionalidades se encuentren en una misma zona no es en sí algo único. En otros países como Kenia ya se ha dado el caso. Este país acoge a refugiados de Somalia, Etiopía, Sudán del Sur etc. La originalidad de Centroáfrica es que este país también tiene su propia guerra o más bien guerras en plural. Es un país al borde del colapso debido a las distintas bandas armadas que operan en él y a la ausencia del Estado prácticamente fuera de la capital, Bangui.

En primer lugar llegó Joseph Kony, el responsable del LRA. Huyendo de Uganda pasó por el Congo haciendo matanzas, y finalmente se instaló en el este de la República Centroafricana Desde 2008, sus guerrilleros no han dejado de atacar pueblos, saquear casas y tiendas, secuestrar a niños y niñas, o violar mujeres en esta parte del país. En consecuencia, muchos pequeños pueblos, por miedo a los ataques y sin posibilidad de defenderse, dejaron sus casas convirtiéndose en desplazados internos en las grandes ciudades.


En segundo lugar, una guerrilla conocida como Seleka, alianza de las tribus musulmanas del norte, invadió el país en el año 2012. Dieron un golpe de Estado y sembraron el desorden en todo el país. Desde entonces, Centroáfrica, a pesar de haber conseguido elegir a su presidente en unas elecciones democráticas celebradas en febrero de 2016, no alcanza la paz. El este del país está particularmente bajo la amenaza de las distintas facciones de los Seleka, que se pelean entre ellos, ocasionando desplazamientos de personas.

Por si fuera poco, también los jóvenes de distintos pueblos se constituyeron en milicias llamadas Antibalaka. En la actualidad, prácticamente todo el territorio de Bangassou está infectado de estas bandas sangrientas.
El problema de esta zona es que es casi inaccesible por carretera. La ayuda humanitaria que parte de Bangui, la capital, recorre casi más de 1200 km para llegar a Bambouti, pasando por centenares de barreras de los milicianos, en una pista de tierra mal conservada. Cuando llega la época de lluvias, los camiones se atascan durante semanas, por el mal estado de las carreteras. La única vía de acceso rápido para los servicios humanitarios es por el aire. Desgraciadamente, no hay aeropuertos grandes para abastecer a los refugiados a través del avión.



La carretera que une Bangui con el este del país.

No sería exagerado decir que la única autoridad que queda en esta parte del país es la de la Iglesia Católica, que mantiene su presencia en todos los lugares, a pesar de la inseguridad. Tanto los sacerdotes locales como las religiosas misioneras desafían el peligro, cuidando de los desplazados y los refugiados, pero también manteniendo una llama de esperanza en medio de la desesperación.

En resumidas cuentas, el este de la República Centroafricana puede ser considerado hoy en día como un triángulo de miseria, dónde los refugiados llegan huyendo de la guerra para caer en la guerra; huyen del hambre para seguir hambrientos. La inseguridad se ha apoderado de todos los países de la zona. Tanto es así que se puede realmente afirmar que los que huyen no van a ningún lugar.

PSDespués de escribir este artículo, nos hemos enterado de que un grupo armado constituido de jóvenes que se autodenominan "autodefensas" acaba de ocupar la ciudad de Bangassou y miles de desplazados se encuentran en las instalaciones del obispado.

martes, 2 de mayo de 2017

HAY VIDAS Y VIDAS
(Artículo publicado por Mari Paz López Santos en Eclesalia 28/04/2017)

Hay vidas que conociendo a quien la vive y reconociendo que la vocación, la misión, la entrega y el amor son la constante de cada instante de su vida, que se vive al margen porque se situó, hace ya muchos años, en los márgenes que viven los que no parece que importe a nadie que vivan o no vivan. Hay vidas y vidas.
He recibido el correo electrónico de un buen amigo que desde uno de los márgenes o periferias del mundo (viene de la República Centroafricana) y lo he leído con rapidez primero, y poco a poco después. Cada letra ha sido tecleada a la carrera, sin saber muy bien si podría enviarlo o no.
Me retiro, en silencio, para que la palabra de mi amigo pueda sonar en muchos corazones, al menos para acercarnos a su vida y los que parecen ser invisibles, como tantos otros, en el mapa del mundo, en la responsabilidad de las naciones y en los corazones de quienes todo esto nos pilla lejos, o ya no tan lejos aunque no lo queramos ver.
Escribe mi amigo (*1):

“He leído tu mail con retraso porque he estado fuera de cobertura durante toda la Semana Santa y unos días más. El domingo de Ramos estuve en la Catedral de Bangassou y el martes tuvimos la misa crismal con una parte de mis curas. El miércoles ya te digo que me fui a una zona de alto riesgo, con muchos rebeldes armados rondando y la gente muy asustada. Fui a pasar la Semana Santa con ellos para pacificar el ambiente y que los rebeldes nos dejaran recomenzar la escuela, que no dispararan para no amedrentar a los niños y normalizar la vida de la misión y del pueblo. A la siguiente no pude pasar porque la pista estaba muy peligrosa y todos me decían de no tentar al diablo que nadie había pasado en varias semanas. Muchos musulmanes han muerto en estas semanas, asesinados por gente violenta. El Jueves Santo quise lavar los pies a un musulmán, un poco como para lavar esa sangre inocente derramada. Me he traído un niño de 10 años a quien le han matado a la familia. Lo tengo donde las monjas hasta que encontremos restos de su clan itinerante que andará huyendo por la selva.
El Viernes Santo me fui a una comunidad en plena selva. Había un grupo de viudas a las que les habían matado a los maridos delante de ellas unos días antes, amarradas las manos  con una cuerda a la espalda, les volaron la cabeza simplemente por no tener dinero que dar a estos paramilitares sin escrúpulos. Ellas habían huido cinco kilómetros hasta llegar a donde yo estaba y no paraban de llorar. Pero es que desde la primera lectura de ese Viernes Santo empezó a llover y diluvió hasta el final de la oración de la Pasión. Yo no podía abrir boca porque el ruido de la lluvia sobre las planchas de zinc me lo impedía. Dios amordazó nuestras bocas llorando a cántaros desde el cielo contra la barbarie que esos criminales habían cometido en ese pueblo de 50 habitantes.
El Sábado Santo estuve negociando con otros rebeldes menos armados, que dan caza a los primeros, para que dejaran a las Franciscanas y a los dos curas de recomenzar la escuela. Aceptaron. Mañana iré a otra zona de la diócesis donde otro grupo de rebeldes han ocupado la escuela y violan a las mujeres del pueblo a su antojo. Me quedaré allí hasta el domingo, no sé si podré enviarte este mail mañana antes de irme.
                                                                     Mons. Aguirre junto a un miliciano antibalaka.

He pedido a la fuerza de la ONU, la Minusca, que me acompañe, pero me dicen que no han recibido órdenes de sus mandos. La ONU no encuentra países con soldados disponibles que quieran venir a Centroáfrica.
Vivo todo esto desde la serenidad sabiendo que Dios llora en las guerras y nos acompaña con su presencia invisible. La semana que viene tendremos una peregrinación de tres días que termina con una ordenación sacerdotal. Viviremos otra vez en zona de alto riesgo pero abrigados bajo el manto de la Virgen María.
Acabo de leer tu libro “Misión Compartida (*2) entre negociaciones con rebeldes. Me ha gustado mucho cómo escribes. No me acordaba del “Pacto de las catacumbas” y me parece un gesto profético de Helder Cámara y los suyos. Usas expresiones que yo uso también como “reciclar la violencia” o “dar o darse” (…) Echo de menos que no hables de los curas de parroquia. Los míos viven como columnas de bronce en zonas muy complicadas. Hay uno que llevo sin verlo dos meses y sigue allí con su pueblo en unión de desasosiegos e incertidumbres, de matanzas y esperanzas. En fin un trinomio muy interesante laicos, monjes y pobres. Mis pobres son míseros y zarandeados por la vida, son familias enteras al borde de la exterminación y me impresiona siempre cómo nunca pierden la esperanza. La lucha del vivir día a día, a contracorriente pero sin perder la esperanza… Mil abrazos y feliz tiempo de Pascua.
Unidos en la oración. Yo me aíslo en una colina y rezo. Hago como la rana, que pasa desde la agitación de la superficie a la tranquilidad de la profundidad con solo dar un salto y allí carga las pilas para poder volver a la superficie, a su bregar cotidiano, aunque sea en zona de alto riesgo, en la boca del lobo y corriendo sobre el filo de una cuchilla. Hasta la próxima, Juanjo Aguirre”

¿Cómo puedes leer, rezar, recoger, acompañar, negociar, reclamar, recordar, mandar recuerdos, abrazos en medio de todo ese sufrimiento y violencia? Sí, ya sé, como la rana y sin perder la esperanza.
Que tus palabras llenas de profunda experiencia ayuden a transformar corazones por este lado del mundo. Gracias y hasta la próxima, siempre (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

(*1) Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, República Centroafricana
(*2) “Misión Compartida – Laicos, monjes y pobres – ¿Unidos o hundidos?” (Ediciones   KHAF)      


jueves, 6 de abril de 2017

Una fecha fatídica.


En una mañana como esta del 7 de abril, en algún lugar de las montañas de Rwanda, no sabía que mi vida podía tomar un giro radical que marcaría toda mi historia. Tenía 22 años, en aquel año 1994. Era ya seminarista. Aquella mañana fatídica, estaba de vacaciones con mis padres y mis hermanos.
Al levantarme, abrí la radio para escuchar las noticias. No oía nada más que música en todas las cadenas disponibles. Extraño a esas horas. De repente, una voz amarga anunció lo inesperado: “El presidente Habyarimana ha muerto. Su avión fue derribado el 6 de abril, la noche. Se pide a todo el mundo quedarse en su casa". Me quedé literalmente petrificado.
Anuncié la noticia a mis padres que también se estaban levantando. Todos quedamos helados. No conseguimos intercambiar otra palabra. Cada uno intentaba digerir la noticia a su manera pero todos en un temor sin precedentes. Miré a la carretera principal que pasa debajo de la montaña, no vi ningún coche pasar. Nunca un tal acontecimiento había ocurrido en Rwanda. El país se quedaba sin cabeza en una situación de guerra. Creo que fue el día en el que los ruandeses hablaron poco en toda su vida.
Pasamos todo el día sin palabras. Intentaba, por todos los medios, sintonizar las radios internacionales para arrojar algo de luz sobre lo ocurrido y lo que ocurriría.  Poco a poco, no fuimos enterando de que también estaban en el avión el presidente de Burundi y el jefe de estado mayor del ejército. El miedo se apoderó de todos. Los dos países vecinos que compartían las mismas miserias étnicas, se quedaban sin presidentes. Un año antes, la muerte del presidente de Burundi había desencadenado unas matanzas horrendas en aquel país.
Rwanda estaba en guerra desde cuatro años. Durante este tiempo, la tensión étnica y política había ido creciendo. Tanto la guerra como La propaganda política habían abierto las llagas. El odio era palpable. No pasaba ni un día sin que los enfrentamientos entre las diversas milicias rivales cobraran alguna víctima. La tensión psicológica era insoportable. Todo el pueblo estaba en un clima de guerra. El volcán estaba preparado para hacer irrupción en cualquier momento. Cualquier cosa podía desencadenar lo desconocido. Lo veíamos; lo sabíamos; lo temíamos. Lo que no se sabía eran las proporciones de la catástrofe.
Después de aquella fecha fatídica, desde mi montaña, empezamos a oír por los rumores de que las matanzas estaban en marcha en distintos rincones del país. De manera sorprendente, los milicianos de diversos políticos, esos que llevan tiempo enfrentándose, se habían unido en un mismo bloque. Todos pasaron a llamarse interahamwe, denominación de origen para los milicianos del partido entonces en el poder. ¡Curiosa unión en un tiempo tan pequeño! El genocidio estaba en Rwanda a marchas forzadas. Lo que siguió aquella fecha fue indecible: Las matanzas nunca vistas en aquel país cuyo pueblo era y es fundamentalmente tranquilo. Morían los niños, las mujeres, los ancianos, los enfermos, los funcionarios, los campesinos. Nadie podía escapar de la maquinaria infernal de los implacables matones. El poder estaba en la calle. Alguien dijo que los ángeles de la muerte habían salido del infierno. El diablo andaba suelto. El clamor de la muerte se oía por todas las colinas de Rwanda.


Aquel día, miraba a mi alrededor. Mis padres estaban despavoridos. Mis hermanos desorientados. Mis vecinos atónitos. Sólo las montañas me miraban con extrañeza y calladitas. Creí entender que ellas no entienden de la locura humana. Nadie podía proporcionarnos las verdaderas informaciones en aquella montaña aislada de la ciudad. Solamente las radios internacionales me decían alguna cosa y yo traducía a los demás. No me acuerdo haber comido algo. Mi vida estaba a punto de tomar un giro para mucho tiempo.
Poco después, salí de mi país huyendo. Pasé por miles de aventuras y experiencias dignas de una película de Hollywood. Cuando volví a Rwanda, casi 20 años después, ya sacerdote, encontré a mis montañas todavía en su sitio. Las montañas observan los acontecimientos, callan y no cambian. Fueron testigos de muchas cosas desde aquella fecha. Gracias a Dios, puedo contar esta historia. ¡Ojala no vuelva a ocurrir! Una oración especial por todos los ruandeses: los que murieron después de aquella fecha y los que siguen mirando las inmóviles montañas de Rwanda recordando a los suyos.
Gaetan


domingo, 2 de abril de 2017

El milagro de un puente

Hay algunas cosas en la vida de los grupos humanos que tienen una trascendencia más allá del mero interés comunitario inmediato. ¿Cuántas veces nos hemos propuesto hacer algo calculando los beneficios visibles, más inmediatos y nos hemos quedado sorprendidos por el alcance que han tenido más allá de lo que nos habíamos imaginado?
 La historia del puente de Ginigo en la República Centroafricana es uno de esos hechos concretos que, más allá del sencillo interés de comunicación de personas y bienes, se convirtió en un elemento clave en el cambio de mentalidad de un cierto número de pueblos.
Durante muchos años, pasé por encima del río Ginigo dentro de la parroquia de Bakouma en el este de la República Centroafricana. Muchas veces, dejaba mi coche debajo de algún árbol para cruzar andando hacia los pueblos que están más allá de ese río. Otras veces, cruzaba con equilibrio, empujando la moto sobre unas vigas que atravesaban ese río imponente por su tamaño. Unas cuantas veces, me he visto envuelto en una lluvia no prevista, cubriéndome con las hojas de los árboles, acompañado de algún catequista o algún cristiano de buena voluntad.




 Recuerdo que tuve que llevar la moto dentro del coche para luego poder transportar a mi obispo más allá del río, ya que los cristianos nos estaban esperando para la confirmación y era preciso llegar con tiempo.
Me acuerdo que mi obispo, al ver el caudal del río, me dijo: “ten cuidado Gaetan. El mundo y la Iglesia te necesitan todavía”. Y yo le decía cariñosamente: “no te preocupes, si caes, es que he caído antes; y si mueres, es que he muerto yo antes. En ambos casos, habré preparado el terreno  para ti!”. Por cierto, no caímos ni morimos, sino que llegamos y fuimos recibidos con gritos de júbilo por aquella población que nos veía como una aparición. Hacía años que aquellos cristianos no habían visto a un obispo. El río Ginigo era una barrera infranqueable para muchas cosas.
Siempre que llegaba a cada pueblo más allá del río, la gente me decía: “Padre, ¿cuándo nos ayudarás à arreglar este puente? Nosotros, estamos listos para ayudar con la mano de obra". Yo dudaba. No pensaba que fuera posible hacer un puente de casi cien metros con las manos, sin máquinas ni camiones. Todavía no había alcanzado la locura suficiente para aventurarme en un proyecto de tal envergadura.
La gente de Ginigo vive de la agricultura. No tiene otra fuente de ingreso que sus huertos. No tiene mercado organizado ni tiendas, ni farmacia. Su escuela estaba sin profesores porque los que el Estado enviaba allí, se negaban a ir por falta de medios de transporte. ¿Cómo iban a llevar sus pertenencias, y su familia si el coche no podía llegar allí?  Cualquier artículo moderno era un lujo. Cuando el jabón llegaba al pueblo, era recibido como agua de mayo. Ningún coche había pasado por esos pueblos durante más de dos décadas. Ningún niño había visto un coche. Los más pequeños me decían con toda franqueza: "nosotros, conocemos más al avión que pasa allí arriba que al coche".
La mentalidad de esa gente estaba completamente cerrada. Toda propuesta de desarrollo parecía regar el desierto. Todo el mundo estaba encerrado en sus creencias, sus trabajos de campo, sus prácticas ancestrales. Nadie pensaba que algo nuevo pudiera surgir del pueblo.
En un principio, no entendía ese estado de cosas. No alcanzaba a comprender tal encerramiento. Fue poco a poco, cuando caí en la cuenta de que esos pueblos estaban completamente enclavados entre dos ríos sin puentes. Al este, tenían al río Ginigo y el oeste, el río mucho más grande todavía llamado Kotto. No había puente ni sobre el uno ni sobre el otro. Sobre Ginigo, se había roto y sobre la Kotto, nunca había existido. En la creencia popular, esos dos ríos albergaban las fuerzas oscuras, peligrosas, mortíferas. Solo los valientes conseguían cruzar para ir à más allá de lo que ellos llamaban la zona de Zabe.
Ninguna autoridad de Bakouma pisaba esas tierras; ningún policía iba a poner orden en lo que se consideraba casi como una república independiente. Durante mucho tiempo, incluso los curas habían dejado de ir allí.

El resultado era abrumador: cuatro pueblos completamente abandonados, encerrados, empobrecidos, y con una mentalidad cada vez más rebelde a toda propuesta de novedad. Los conflictos internos en cada comunidad no se dejaban resolver. Allí faltaba algo. Pero ¿qué? Han faltado cuatro años para que descubriera el secreto.
Bajo la insistencia de todos y cada uno de los habitantes de los cuatro pueblos que se encuentran más allá del río, por fin tomé la decisión de construir el puente Ginigo. Todo el mundo se había comprometido a colaborar. Las empresas de la zona de Bakouma contribuyeron con dinero y cemento. Los habitantes hicieron el resto con su mano de obra. Había decido construir un puente romano en el corazón de África, ni más ni menos. Nada más iniciar los trabajos, se organizaron en turnos de semanas enteras para esa tarea. Unos para sacar las piedras de la selva, otros para buscar arena y grava, otros para ayudar en la construcción y otros para ir de caza en busca de algún bicho para recomponer las fuerzas de los trabajadores. Los monos y otros animales fáciles de abatir participaron masivamente en las obras; ellos, desde la cacerola, claro. Había que ver como estaba entusiasmada la gente. Las mujeres, alejadas generalmente de esos tipos de trabajos, ayudaban dando de comer o preparando la comida. Muy pocos quedaron indiferentes ante ese trabajo comunitario. Todos decían: “¡el puente es para todos. Si alguien se ausenta sin razón, a ver por donde pasará para ir al medico o a la parroquia!”.

Cuando íbamos a acabar con el primer arco, debido a un fallo en los cálculos, el puente se hundió ante la mirada aterrador de los constructores. No murió nadie. Era un viernes santo, un día de pena, de mucha pena. Empecé a pensar que aquel proyecto era una locura que había que parar cuanto antes. Para la población evidentemente, aquel hundimiento era obra de los genios del agua, contentos de mantener aquella zona bajo control estricto de los mismos.
Cuando me iba a desanimar, la gente no me lo permitió. Todos me decían: “ya hemos visto que el puente es posible sobre nuestro río. Aunque tengamos que morir todos, queremos morir intentando reconstruirlo. Haremos los sacrificios necesarios para contentar a los genios del agua y seguiremos la obra”. La fe de esa gente venció mis dudas.
Durante dos años, aprovechando las estaciones secas, todos se movilizaron para esa tarea. Por fin llegó el momento tan esperado durante años. Mi coche cruzó el río Ginigo. Aquel día fue recibido en todos los pueblos del más allá del río con gritos de júbilo. Aquella alegría no se alejó nunca más de esos pueblos. Solamente los niños buscaron escondite en las plantaciones, huyendo de ese bicho raro que apareció de manera improvista en el pueblo. Algunos pasaron una noche de pesadilla a pesar de las explicaciones de sus mayores. Pero el día siguiente, casi todos se acercaban para tocar y admirar la máquina que se mueve.


Desde entonces, noté que los rostros de la gente habían cambiado. Los conflictos se acabaron de manera inesperada. La alegría se leía en los ojos de todo el mundo. Es más, la gente empezó a salir. La vida no era la misma. La participación de los cristianos a los encuentros parroquiales empezó a ser masiva.

El puente había operado un cambio en la mentalidad de esos pueblos. Entendieron, de una manera que nadie conoce, que ya no estaban encerrados. Iniciaron rápidamente, de manera inconsciente, un camino de apertura. Ya la selva no era su último recurso y su última frontera. La vida podía ser más y mejor. La escuela tuvo un maestro; la policía llegó para investigar los crímenes; los militares podían llegar para asegurar la paz de la zona. El río Ginigo dejó de ser una pesadilla. Los esfuerzos de unos y otros habían producido sus frutos más allá de lo que se esperaba. El puente fue algo más que la comunicación entre zonas y pueblos. Se convirtió en un instrumento de cambio y de apertura de espíritu.
¡No sabía yo que algo tan sencillo y tan material como un puente puede operar cambio en el ámbito espiritual! Cuando algo material opera un cambio en algo espiritual, ¿no se puede hablar de milagro? ¡A lo mejor es verdad que no hay desarrollo sin infraestructuras!


Gaetan Kabasha

sábado, 4 de marzo de 2017

Tshisekedi, el luchador de la democracia

Hace poco, falleció el que se podría llamar el héroe de la democracia en la República Democrática del Congo. Etienne Tshisekedi Wa Mulumba, el hombre que se atrevió con Mobutu hasta el final, el luchador incansable, el opositor de todos los regímenes hasta la muerte. Murió sin alcanzar ni la democracia ni el poder por el que tanto luchó como lo hiciera Mandela por ejemplo o, en menor medida, como Abdulay Wade de Senegal o Laurent Gbagbo de Costa de Marfil. Sin embrago, su nombre pasará a la historia como un hombre de convicciones firmes, intrépido ante el adversario aunque, a veces, tachado de radical.
Tshisekedi empezó con Mobutu y fue uno de los fundadores del partido único, MPR (Movimiento Popular de la Revolución). Fue su ministro durante un tiempo antes de iniciar una oposición encarnizada al mobutismo en los años 80. En aquella época, el partido único era la tónica general en la mayoría de los países africanos. Oponerse al dictador significaba la suprema traición a la nación, crimen que se podía castigar con la muerte. De hecho, se cuenta que el servicio secreto de Mobutu le habría llevado a la localidad de Monga en el norte del entonces Zaïre, y le habría marcado a fuego en la espalda los iniciales de MPR recordándole así que nadie escapa del partido-estado.
Sin embargo, no se desanimó. Siguió desafiando al temible Mobutu forjando poco a poco su personalidad y su partido UDPS que acabará siendo una verdadera máquina opositora al régimen. Ni la brutalidad de las fuerzas de seguridad de los dictadores sucesivos, ni las intimidaciones, ni los sobornos a sus colaboradores acabaron con el partido dirigido por la mano firme del llamado “esfinge de Limete”.

En los años 90, llegó a África la corriente de la democracia multipartidista. Muchos dictadores aceptaron por presiones internacionales la existencia oficial de los partidos de la oposición. En el Zaïre optaron organizar la Conferencia Nacional Soberana. Era como un proceso constituyente para iniciar la democracia de manera consensuada. Tshisekedi apareció como el hombre de la situación. El entonces obispo de Kisangani, Mons. Monsengwo, actual cardenal arzobispo de Kinshasa, dirigió la Conferencia. Allí decidieron nombrar al opositor, primer ministro, pero el proceso fue frustrado por Mobutu quien temía su caída si dejaba parte de su poder en manos de este hombre que temía solo al cielo por encima de él. Durante un tiempo, el Zaïre vivirá bajo dos gobiernos paralelos, uno de Tshisekedi salido de la Conferencia y otro de Mobutu.
La caída de Mobutu en 1997 y la entrada de Kabila en el poder no supusieron ningún cambio en cuanto a la democracia. Tshisekedi que esperaba una mano tendida del nuevo inquilino de la presidencia, se desencantó. Siguió con su oposición. A Kabila padre sucedió Kabila hijo. Todo continuó igual. Tan es así que a Tshisekedi se le puso el apodo del ‘eterno opositor’.
En el año 2011, después de las elecciones, se autoproclamó presidente electo frente a Kabila que tachó de impostor y usurpador del poder. Desde entonces, se sumergió en el silencio dando miedo solamente con su sombra. Algunos de los suyos le abandonaron atraídos por el pan del poder y el dinero ofrecido por el campo adverso.
La muerte de Tshisekedi supone un antes y un después en el universo político congoleño caracterizado por la corrupción y el oportunismo. Muere además en un momento crucial para el desenlace de una crisis institucional surgida de la no organización de las elecciones según la Constitución. Tshisekedi era el pilar de la mediación llevada a cabo por los obispos entre el poder y la oposición. Cabe recordar que el 19 de diciembre de 2016, caducó el mandato del presidente Kabila y si no hubiera existido la intervención providencial de la Conferencia Episcopal, estaríamos hablando ahora de un caos sin precedentes. Su muerte puede suponer un golpe fatal al proceso.

¿Qué pasará?

Después de la su muerte, podemos imaginar cuatro escenarios:
Uno: Que su muerte suponga un volver atrás desde el punto de partida de las negociaciones. De hecho, ya la mayoría presidencial está diciendo entre líneas que el acuerdo del 31 de diciembre ha de ser retocado. En este acuerdo, se estipulaba que Tshisekedi por su categoría de anciano sabio político tenía que presidir el comité del seguimiento del acuerdo. Si todo vuelve atrás, el radicalismo de unos y otros puede empujar a la CENCO a retirarse del proceso de mediación. En este caso, el pueblo saldría a la calle y el caos se instalaría.

Dos: Que UDPS sea incapaz de encontrar un consenso sobre un sustituto y que la oposición se desagregue frente a la mayoría presidencial fuerte. En este caso, es probable que los partidarios de Kabila fuercen un referéndum sobre el cambio de la Constitución con el fin de quitar la limitación de los mandatos y dejar así vía libre a Kabila en las próximas elecciones. También en este caso, no se puede descartar las protestas masivas y desordenadas del pueblo seguidas de la represión sangrienta de parte del poder.
Tres: Que la oposición encuentre un nuevo leader sólido que aglutine las esperanzas de cambio. Se perfila en este puesto Moïse Katumbi, forzado a exiliarse y condenado en ausencia a tres años de cárcel. Este escenario sería posible si la oposición y la CENCO consiguen convencer al gobierno a otorgarle una gracia especial en el marco de la descrispación política. El problema es que el gobierno teme justamente que dejándole libre, Katumbi podría fácilmente aglutinar la oposición y ganar las elecciones.
Cuatro: Que gane la cordura. En este caso, la muerte de Tshisekedi aparecería como un elemento catalizador para el entendimiento y la paz entre los diferentes actores políticos. Este escenario, muy deseable, es sin embargo poco probable viendo el historial de la clase política congoleña.
Esperando el desenlace de todo, sigue en el aire la cuestión del millón: ¿Habrá elecciones presidenciales en el 2017? El futuro próximo nos dirá.

Gaetan Kabasha.

sábado, 18 de febrero de 2017

Mi tesoro es mi fe

Gaétan Kabasha: “El tesoro de mi vida es mi fe”

Mirada 21 entrevista al capellán del hospital Clínico de Madrid, quien asegura que su labor fundamental es "consolar y santificar". Además, repasa su trayectoria, llena de pruebas, en Ruanda y la República Centroafricana.
Por Paula Carrasco - febrero 15, 2017

Durante la espera en la puerta G del Hospital Clínico San Carlos, en Madrid, es hora de repasar las preguntas para un hombre que atravesó fronteras y caminos difíciles de andar. Se trata del capellán del hospital, Gaétan Kabasha, quien teniendo una historia increíble para contar, se conforma con una simple pero muy sincera sonrisa como carta de presentación.
El Padre Gaétan Kabasha nació en Ruanda, donde fue testigo del genocidio, motivo por el que se vio obligado a huir para refugiarse en la República Centroafricana. Pertenece a la diócesis de Bangasso y fue ordenado sacerdote el 9 de noviembre de 2003. Trabajó en parroquias de la República Centroafricana, donde realizó una misión diferente a la que atiende ahora.
Actualmente, vive en Madrid y es capellán del Hospital Clínico San Carlos. Además está trabajando en una tesis doctoral de Filosofía y en su obra social llamada AUDE (Asociación Universidad para el Desarrollo) con el objetivo de financiar a estudiantes universitarios africanos.

¿Qué labor tiene como capellán del hospital?

(Comienza entre risas y con un gesto que indica que son muchas). La labor de un capellán en un hospital se puede dividir en dos: consolar y santificar.
Consolar significa que hay que estar al lado del que sufre, acompañar, visitar a los enfermos, hablar con los familiares que a veces están en un momento muy difícil, angustiados y cansados. Es abrazar y entender la situación en la que se encuentran para aliviar un poco y crear un ambiente para quitar la ansiedad. Santificar se refiere a los sacramentos. El sacerdote lleva la comunión a los que la piden, da la unción de los enfermos, bautiza a niños que nacen en peligro de muerte y se encarga de las confesiones para los que quieren confesarse. El capellán está para pacientes, familiares y personal del hospital.
(A mitad de la entrevista, el teléfono interrumpió la conversación; el padre Gaétan cogió la llamada y luego dirigiéndose a mí preguntó: “¿tienes tiempo?”. Le llamaban para dar la unción de los enfermos a una paciente y después de “buscarme una bata blanca” me llevó con él. Pude ver como las palabras con las que el cura respondió a la primera pregunta cobraban un sentido que es además de coherente, emocionante y esperanzador.)
El padre Gaetan Kabasha consolando a un enfermo

Así como Santa Madre Teresa de Calcuta tuvo un “llamado dentro de un llamado” para dedicarse a los enfermos, ¿usted experimentó algo parecido?

Sí, fue algo así. No sé porqué en algún momento sentí que estaba llamado a trabajar con los enfermos. Yo acabé de estudiar aquí en España y volví a África, me ordenaron sacerdote allí. Estuve trabajando como párroco en una parroquia rural y estuve en contacto con mucha pobreza en todo sentido. No hay material, no hay medicamentos, hay niños que están perdidos, aldeanos que viven solos y no tienen qué comer. Me encargaba del desarrollo, había que construir escuelas, poner en marcha una farmacia… Por los estudios volví a España y quise trabajar con los enfermos. ¿Cómo surgió esta vocación? no lo sé, así espontáneamente. Fue curioso porque como sacerdote te envían a cumplir una “misión” pero en mi caso yo la pedí. Al principio dijeron que no y me enviaron a una parroquia. Ese mismo día no me entendí con el párroco y me cambiaron el destino. Eso fue un misterio, no hubo grandes operaciones, simplemente algo no cuajó. Quizás es eso, cuando quieres algo al final se cumple.
El Padre Gaétan hace hincapié en la educación en África.

¿Qué diferencias hay entre las necesidades de África y las de Europa?

¡Uf, la diferencia es abismal! África tiene en la base una necesidad económica, y cuando no hay economía las consecuencias son más dramáticas. En cuanto a España, puede haber pobreza de otro tipo, digamos que morir de hambre no lo veo. Incluso los que están solos tienen un sustento, aquí hay seguridad social, en África cada uno tiene que costearse los gastos, pagar la consulta, los medicamentos, las cirugías, tratamientos posoperatorios, el ingreso en el hospital y el que no tiene medios económicos no podrá ser atendido. África es un continente, por lo tanto no puedo generalizar, pero sí puedo hablar de ciertos países que conozco, donde la familia es un apoyo muy importante. No se abandona a nadie, ningún anciano está solo, mientras que aquí hay algunos que están solos porque los hijos trabajan lejos o los miembros familiares son menos. En África, las familias son más amplias y su concepto es más grande, pues se mantiene la relación también con la familia extensa: sobrinos, primos y nietos.

¿Cómo piensa que hubiera sido su vida si no hubiera tenido que salir de Ruanda?

¡Es una hipótesis imposible! No lo sé. La historia configura el presente siempre. A lo mejor no hubiera llegado a España.
En el despacho de la capellanía


¿Cómo se mantiene tan positivo y alegre entre tanto sufrimiento?

¿Qué vamos a hacer angustiados? (se ríe fuertemente) ¡Estamos salvados por Cristo! Yo no entiendo a un cristiano angustiado. La alegría tiene que ser el exponente de una vida llena de Cristo, tiene que ser esa chispa que brota de una vida de fe. La alegría es una muestra de esperanza. Incluso en un hospital que es como una aldea completa donde encuentras de todo. He pasado por tantas desgracias que he superado ya esa ansiedad de desesperación. Lo que veo ahora no tiene nada que ver con lo que vi en el pasado y que he conseguido superar y eso es como el propósito de mi vida. Aquí estoy, contando sobre el genocidio de Ruanda, la vida en un campo de refugiados… y si no he caído dentro de eso que es mucho más grave, entonces ¿por qué caería al ver a alguien sufrir o morir? si ya he visto miles de muertos y millones de personas sufriendo.

¿Cómo fue ese pasado duro que le tocó vivir?

Fui testigo del genocidio en Ruanda, viví como refugiado, tuve que cruzar países para llegar a la República Centroafricana, viví muchos años sin documentos y sin saber de mi familia. Acabé con el exilio después de 19 años y volví a mi país a ver a mis padres. Lo más duro fue el conjunto; no ver a mi familia y adaptarte a las circunstancias. ¿Por qué yo no puedo ver a mi familia?, era lo que pensaba. Cuando me ordene sacerdote no estuvo mi familia y eso me costó mucho.

¿En algún momento se enojó con Dios por todas las pruebas que tuvo que vivir?

No, realmente no, no pasé por eso. En mi caso sucedió lo contrario, llegué a entender que mi historia tenía que ver con el sacerdocio. Es decir, que Dios permitió de alguna manera desde su infinita bondad y misterio que pasara por ese mundo que es desconocido. Porque no han sido muchos los sacerdotes que han vivido dentro de un campo de refugiados, que han tenido que sobrevivir pasando de pueblo en pueblo, que han tenido que haber pasado de frontera en frontera o incluso haber pasado casi por la cárcel y vivir como exiliados. Esto es parte de mi patrimonio y se repercute seguramente en mi vida sacerdotal, lo quiera o no. Mi vocación tuvo que pasar por ahí para ser quien soy ahora. Cuando vives la historia dentro de la historia no tienes tiempo de interpretar. Es hasta después cuando entiendes el sentido de esa historia; yo lo que vi fue la mano de Dios.

Si tuviera en sus manos un micrófono con el que todo el mundo pudiera escucharlo, ¿qué diría?

Estar alegres (se ríe). Eso supone que todo el mundo esté alegre. Al final, la gente está angustiada porque hay causas, es un sistema que hemos fabricado. Hagamos que el mundo sea un mundo mejor, donde la gente viva sin angustias ni dolor.
La preocupación del padre Kabasha es elevar el nivel cultural y espiritual de África, por lo que ha fundado en España una obra llamada AUDE (Asociación Universidad para el Desarrollo) con el objetivo de financiar a estudiantes universitarios africanos.
Algunas de los universitarios que AUDE está apoyando


¿Cuándo y cómo empezó el proyecto de AUDE?

Estuve en África intentando trabajar en el desarrollo, pero no es un problema de dinero o de proyectos. La base de todo son los recursos humanos. Tenía ideas para mis proyectos y a veces llegaban medios, pero me faltaban recursos humanos. El problema es la educación. El desarrollo debería tener como base la educación, el mundo es un pueblo donde manda el más fuerte. Se exige un nivel intelectual alto, por lo que no basta con una educación básica, necesitamos formación universitaria. Con esta necesidad nace el proyecto.


jueves, 26 de enero de 2017

Desarrollar África por la educación

Este sacerdote quiere llevar a muchos jóvenes de África a la universidad
Por Blanca Ruiz
(Texto publicado en Aciprensa)
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P. Gaetan Kabasha. Foto: Captura de video / YouTube.

MADRID, 20 Ene. 17 / 03:15 pm (ACI).- El sacerdote africano Gaetan Kabasha no olvida sus raíces, en la convulsionada República de Ruanda, y aunque realiza su labor ministerial en España, ha creado la Asociación Universidad para el Desarrollo para que jóvenes en África puedan acceder a estudios universitarios.

El hoy capellán del Hospital Clínico San Carlos de Madrid (España), tiene 44 años y nació en Ruanda, país del que tuvo que huir por el genocidio para refugiarse en la República Centroafricana. Allí descubrió su vocación al sacerdocio.

El P. Kabasha cursó el seminario en España, ya que el Obispo de Bangassou (República Centroafricana), diócesis en la que está incardinado, es el misionero comboniano español Juan José Aguirre.

Cuando llegó a España, recuerda, “no sabía absolutamente nada de español. Era la primera vez que estaba en Europa y todo era distinto. Nunca había visto un metro”.

Años después, volvió a Bangassou, donde se ordenó sacerdote en noviembre de 2003. Ahí trabajó durante años en una zona rural en la selva, donde “no había ni teléfono fijo y pasé ocho años sin leer ningún periódico porque no llegaban”.

Entrevistado por ACI Prensa, el P. Kabasha asegura que “lo que constituye la fe nada tiene que ver con los medios materiales, de hecho estos a veces la obstaculizan. Son gente de muchísima fe, tienen una confianza en Dios total, aunque a veces tienen costumbres que pueden estar alejadas del cristianismo, sin darse cuenta”.

Regresó a España en 2011 para hacer la tesis doctoral en Filosofía y poder servir mejor a su pueblo. Y mientras la termina, trabaja como capellán en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, donde ayuda a los enfermos a encontrarse con Dios.

“Es una pastoral diferente porque no es una parroquia con una comunidad fija. Son fieles pasajeros, pero sin duda es una labor de consolación y santificación”, asegura.

El sacerdote señala que lleva la “consolación por acompañar a los enfermos que lo necesitan, a veces están con angustia, cansancio o no saben cómo llevar la enfermedad. Y también la santificación que está en los sacramentos porque la consolación también lo pueden hacer los voluntarios”.

El P. Kabasha explica que se trata de un hospital grande en el que puede haber más de 900 pacientes y en el que hay situaciones muy diferentes, pero recuerda el caso de una joven que estuvo durante un año hospitalizada y que “no sabíamos si saldría adelante”.

La joven cambió de hospital y tres años después su madre contactó al P. Gaetan. “Me llamó para decirme que ahora su hija se había recuperado y que estaba segura que era por todo lo que rezamos por ella durante el tiempo que estuvo en el San Carlos”.

“Hay veces que no vemos los frutos, porque no condicionamos la gracia de Dios sino que esta viene cuando quiere porque Dios tiene sus tiempos y sus modos. A veces veremos los resultados y otras no”, asegura.


Volver a África


El P. Gaetán sabe que cuando termine la tesis volverá a África, pero durante el tiempo que lleva en España no se ha olvidado de sus orígenes y de las necesidades de su pueblo. Por eso ha fundado una asociación para ayudar al desarrollo cultural y espiritual de los jóvenes universitarios africanos y así mejorar desde dentro el continente.


“Hay organizaciones muy volcadas en la educación primaria, pero hay muy pocos estudiantes que siguen en secundaria y son una amplia minoría quienes llegan a formación superior. Esto es necesario cambiarlo pero para ello hay que entender los mecanismos de la sociedad africana”, explica el sacerdote que puso en marcha el proyecto de financiación de estudios a universitarios.
“Hay muchos chicos que valen y que no pueden estudiar por falta de recursos. Desde España buscamos fondos para financiar sus estudios universitarios pero la originalidad del proyecto es que se comprometen a que cuando finalicen los estudios, ellos financiarán a los estudiantes que vengan después”.

Un modo de crear autodesarrollo, porque según afirma el sacerdote “no podemos depender siempre de Europa, sino que el desarrollo venga desde dentro”.

La elección de los estudiantes y el control del dinero de las becas se realiza a través de la arquidiócesis de Kigali, en Ruanda. “Los trabajadores de la diócesis, el Obispo, están en el terreno y saben qué hace falta y qué chico puede seguir estudiando. Es la manera más práctica de hacer un seguimiento al dinero que se envía, para tener la certeza de que termina en donde tiene que terminar”, insiste.
La Asociación Universidad para el Desarrollo está oficialmente reconocida por el Ministerio del Interior español y actualmente financia a 7 estudiantes. Pero el reto es llegar, cada año a muchos más.

Más información sobre el proyecto y cómo colaborar AQUÍ.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Navidad en África y en el mundo

El texto siguiente es de Mons. Aguirre, obispo de Bangassou. No tiene desperdicio. ¡Ojalá Navidad no se limite a poner belenes, luces; cantar villancicos y organizar cenas suculentas! El mundo necesita que Navidad sea una oportunidad de pensar en aquellos que nacen en las condiciones del niño de Belén; que emprenden viajes peligrosos como refugiados o inmigrantes sin rumbo; que crecen bajo los ruidos de bombas o con hambre en la barriga; que gritan en el vacío sin que nadie les escuche porque nuestros oídos están tapados por el egoísmo. ¡Feliz Navidad!
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Desde Bangassou: Feliz Navidad

En el despacho del colegio, preparando ya unas navidades calurosas típicamente africanas, veo el mapa mundi que la hermana Ana tiene en su mesa. Pienso que basta con pasar un dedo sobre él y darle comba para comprender que las navidades serán diferentes en muchos rincones del mundo, que las bombillas de colores que vemos desde la tele alumbrándose en  Washington, el Taiwán o en Sao Paolo no existirán en miles de zonas del globo entre otras cosas porque allí no hay ni bombillas, ni electricidad, ni tele. Paso mis dedos sobre cordilleras y mares y pienso que muchas de las navidades de países con mucha renta per capita, serán navidades de fiesta y pandereta pero, al mismo tiempo, impregnadas de miopías porque ignorantes de que  en tantos pequeños sitios del globo están con el agua al cuello, hundidos en el fango o en fase terminal.
Paso mis yemas por  las aguas del Mar Mediterráneo, y pienso en aquellos a los que les toque estar pasando sus negruras en la noche del 24. Navidades negras. Ahora que nuestro Mar se ha convertido en cementerio para más de 5.000 personas, sus aguas ya no son tan azules, sus olas traen presagios de tristeza y la sal de su vientre se ha vuelto sosa. La muerte acecha allí cada día. Como dice la canción de Dylan: "¿cuántas muertes habrán aún de llegar antes de darnos cuenta de que han sido demasiadas?" Millares de refugiados ponen sus ganas de una vida mejor arracimados en pateras de fortuna. Pero esta esperanza se escapa como la sal mojada entre los dedos porque nuestro mar continúa a coleccionar muertos en sus entrañas. Así cada día, desde hace muchos. Sea Navidad o no. Navidades saladas de muerte por mucho que cante Serrat su preciosa canción. Propongo que en cada hogar se deje un espacio vacío en recuerdo de tanta pobre gente, que ha perdido  la vida tan cerca de nuestras playas y tan lejos de nuestros corazones. Navidades gélidas para los que consiguieron  llegar a las playas o fueron rescatados en alta mar, y a los pocos meses se les devuelve (¿en caliente?, ¿en frío? ¿en templado?, ¡vaya eufemismo!) a sus países de origen. Haber vencido a la brutal y onerosa travesía no les ha servido de nada. ¡¡Sus sueños rotos en mil pedazos!! ¿Cuántos oídos más deben tener en Estrasburgo para poder escuchar el grito de los pobres?
Mi dedo se aleja hacia el Líbano y luego  Siria, Alepo, ¿qué navidades van a vivir allí? Los hermanos maristas tenían un orfanato en el barrio ocupado por la guerrilla. Navidades heroicas. Los hombres de la Cruz blanca (musulmanes) no dan abasto con sus ambulancias para sacar gente de entre los escombros, niños desfigurados, familias desmembradas... Hay escuelas que se han hundido sobre los alumnos machacándolos a todos. Navidades de polvo en Alepo. De funerales infantiles. De caminos áridos para aquellos que dejan Siria, de espanto intravenoso para los que emigran por el desierto, buscando asilo en Turquía, huyendo de los criminales del Daes. Esos que invocan el nombre de Allah en vano, un Dios que no es cómo ellos nos lo quieren hacer ver. Esos que ponen a Dios como pantalla de sus crímenes. Navidades de idolatría.

Bajo mi dedo, descabalgo el mágico desierto de Argelia (navidades de arena), de Tamanrasset lleno a reventar hasta ayer de gente apresada en ciudades argelinas y devueltas "manu militari" en autobuses a la linde del desierto para que se pudran allí: navidades sin alma, navidades de vergüenza ajena. Dejo la Argelia del hermanito Carlos de Foucault (¡un siglo de su martirio!) y pongo la yema  (y me quemo) en el norte de Nigeria sobre los miles de personas sometidas por el Boko Haram, niñas raptadas, pueblos carbonizados por el horror. El Boko Haram nació hacia 2002 en una etnia del norte de Nigeria, los Kanuri, en aquellas fechas "indignados" por la pobreza en que los tenía sometidos el gobierno su país. El predicador Mohamed Yussuf caldeó tanto el ambiente que sus huestes son lo que son hoy: criminales sin escrúpulos. Busco con la mirada la ciudad de Djakana, 40% cristiana no obstante los kamikaces, los secuestros, las brutalidades de los radicales. Allí, durante la cuaresma de febrero pasado, la gente estaba rezando el Viacrucis, cuando en la 7ª estación ("Jesús cae por segunda vez"), una niña kamikaze drogada se hizo estallar en el mercado. La séptima estación los salvó esta vez y hoy vivirán una navidad de milagro, nunca mejor dicho.
En Centroáfrica serán navidades calientes. Grupos rebeldes musulmanes se baten entre ellos desde hace semanas. Guerra por el poder, por el control de la guerrilla. Con el "Incha Alláh" en la boca, nada más se acercan los unos a los otros saltan chispas. Navidades tensas, cargadas de miedo y de violencia, de obuses y de metralla, que traen su aliento fétido hasta las puertas de Bangassou. Los rebeldes están a 70 kms de nosotros. Miles de civiles han llegado a la misión de Nzacko (tengo allí dos curas) huyendo de la quema en el norte de Bambari. Hace 20 días los Ngoula y Runga (etnias musulmanas del norte de Centroáfrica armadas por el gobierno del Chad, ahora radicalizadas, también ellos antiguos "indignados"), atacaron a otros musulmanes radicales en Bria, mataron a un centenar de hombres y a su comandante, al que cortaron la cabeza colocándola sobre una pica a la entrada del mercado. Selekas contra Selekas. Parece como si el nuevo presidente de Centroáfrica lo fuera solamente de la capital Bangui. En el resto, los señores de la guerra se  dividen el país a su antojo, oprimen y roban en los 500 kms de la pista de selva que lleva hasta Bangassou, 500 kms de electricidad comprimida como en la punta de esas pistolas eléctricas de los vigilantes profesionales; justamente la pista por donde tendrán que atravesar, dentro de unos meses,  dos contenedores preparados desde Córdoba, con tanto cariño, con leche en polvo, neumáticos, comida, placas solares, ropa y calzado para los huérfanos y mil cosas más. Hasta que lleguen, serán unas navidades muy inquietas cuya sombra se alargará hasta bien entrado 2017.
Vuelvo con mi dedo a Europa. Navidades sísmicas en el centro de Italia, allí donde las fuerzas de la tierra parece que se han enfurruñado con las obras de arte, las Iglesias y todas las construcciones. Navidades pasadas por agua por las inundaciones en Andalucía, navidades de lluvia, "porque el tiempo está loco", en Centroamérica y en muchas zonas del planeta, navidades de terremoto en Haití o en Japón, de dolor (o contento) en Cuba, navidades solitarias en tantas habitaciones de la tercera edad, navidades serenas y alegres en tantas familias de bien unidas cada año por la quieta alegría de juntarse otra vez. Navidades de pavo con patatas, mazapán y champán español.

Navidades cainitas en el Sud Sudán (hay 10.000 sudaneses huyendo de la guerra en mi diócesis), o en Yemen donde el 4 de marzo pasado, milicias chiitas radicales asesinaron a 4 misioneras de la Caridad. Navidades tristes en casa de la misionera catalana Isabel Solá, asesinada también ella en Haití el pasado 2 de septiembre. Navidades de gozo y esperanza en los millones de "buena gente" repartida por el mundo.
En muchas capillas de selva, en decenas de países de África y también en miles de pueblos de selva en Perú, Colombia o Ecuador, sin luz ni contaminación, serán navidades de oración, de estupor, (en África no hay "comida" de Navidad ni botellón posterior). De ingenuo asombro al descubrir que "Dios salva" (Jesús) muestra su rostro no como un tiburón de las finanzas o un vencedor de guerras sino como un niño frágil, con sed de teta, en las manos de María y bajo la protección de José. Los cristianos cantarán para el Príncipe de la Paz el "Gloria in excelsis Deo" a su manera y caerán rendidos de puro cantar. Muchos niños, dormidos como lirones, liados a la espalda de sus madres,  soñarán mientras ellas danzan la navidad rebullidas de gozo y se preparan a comulgar, la que será la mejor y única cena de esa noche santa. Navidades cálidas en la noche africana... Las mías serán en una de estas capillas, un pueblecito cerca de Bangassou, una punta de alfiler en el mapa, rodeado de cultivadores de cacahuetes, un cielo cuajado de estrellas y algún que otro ex rebelde, ahora desarmado; todos rezando y de vez en cuando mirando de reojo al bosque de sabana arboleada en donde pueden aparecer de pronto gente armada, gente mala y sin escrúpulos, asesinos huérfanos de navidades.

Levanto la vista del mapa mundi y veo que la hermana Ana, la intendente,  lleva un rato intentando darme unos papeles. Me ha pillado fuera de juego. Yo llevaba un rato "alejado" de su despacho. Estaba navegando por el mapa y por las nubes. Recorriendo el mundo desde las alturas. Descubriendo navidades, musitando a todos Feliz Navidad y feliz Año Nuevo.
                                                                             Bangassou 20 de Diciembre 2016
                                                                                   Juan José Aguirre Muñoz

                                                                                      Obispo de Bangassou